sábado, 22 de noviembre de 2008

Un libro más que impactante de José María Zavala


EL MISTERIO DE LA VIDA Y MUERTE DEL DUQUE DE CÁDIZ, EL “BORBÓN NON GRATO


RODOLFO VARGAS RUBIO

El duque de Cádiz es el gran desconocido de los Borbones. Parecería paradójico, ya que tanto en vida como después de su trágica muerte fue un personaje favorito y frecuente de la prensa hoy llamada del corazón. Sin embargo, el público sólo sabe de él que se casó con la nieta de Francisco Franco y que su vida fue un rosario de desgracias que culminó siniestramente como si se hubiera cumplido una maldición: decapitado como Luis XVI en el bicentenario de la Revolución Francesa.

De don Alfonso de Borbón, aparte de las muchas páginas de papel cuché repletas de chismes y crónicas de sociedad, se ha escrito realmente poco en España y de ese poco es aún menos lo rescatable. Algún periodista metido a especialista en monarquía lo calificó de “eterno conspirador” contra su primo el actual rey don Juan Carlos. Otros han visto en él a una persona amargada por un destino ingrato. Hay quien se ha reído de las pretensiones francesas de quien se tituló duque de Anjou y paseó este título por Europa y América en sus últimos años. No hay un solo libro escrito en castellano dedicado íntegramente al personaje. A lo más, algunos capítulos formando parte de un plan más general y en el que sólo se tocan aspectos aislados. Nadie, sin embargo, se planteó hasta ahora abordar la biografía de don Alfonso de manera seria y metódica, consultando fuentes y manejando documentación de primera mano. Es lo que ha hecho José María Zavala en su recién publicada obra El Borbón non grato. La vida silenciada y la muerte violenta del duque de Cádiz.

El libro comienza por el final: los últimos días y la muerte nunca aclarada del primo mayor del Rey. Buena técnica que ya desde el principio engancha al lector, ávido de saber cómo pudo ocurrir un accidente de tales características que haría las delicias de los populares forenses del CSI. Con pericia detectivesca, Zavala nos introduce de golpe en la intriga que rodeó la tragedia de Beaver Creek. Cuando se penetra en los entresijos de una investigación tan inepta por parte de las autoridades del estado de Colorado (cosa que sorprende en un país como los Estados Unidos, que parece la quintaesencia de la eficiencia policial), no se puede evitar pensar en la teoría de la conspiración, aunque ésta aparezca como un recurso muy manido y socorrido en la mayoría de casos de muertes imprevistas y no suficientemente despejadas. El aporte de documentos hasta ahora inéditos sobre las extrañas circunstancias que rodearon la de don Alfonso de Borbón es un mérito indiscutible del autor.

Otro consiste en que el tono mesurado e imparcial del libro, que lo coloca en una saludable equidistancia entre la hagiografía y el libelo. Aborda con gran objetividad temas inéditos en España, como el de los derechos dinásticos indiscutibles del duque de Anjou y de Cádiz, y temas que hasta hoy han sido tabú, como el de las maniobras de las que fue objeto –lo mismo que su padre, el infante don Jaime– para ser apartado del trono español, al cual se hallaba peligrosamente cercano. Tampoco se esconde la innegable actitud de distanciamiento y gratuito desdén de la Zarzuela hacia el primo que, sin duda, se consideraba incómodo en el círculo de don Juan Carlos (actitud, dicho sea de paso, que también alcanza a su hijo Luis Alfonso de Borbón). No se ocultan, por otra parte, aspectos menos halagüeños del biografiado que una pluma áulica se hubiera ahorrado, pero que, no obstante, contribuyen a dar una imagen humana y creíble de él.

Es de destacar que por primera vez se coloca correctamente a don Alfonso de Borbón en la justa perspectiva dinástica: era el primogénito de los Capetos y en cuanto tal, depositario de la tradición monárquica francesa y jefe de la Casa de Borbón, por encima incluso de su real primo de España. Se hallaba exactamente en la misma situación que otro ilustre príncipe de la Cristiandad: Otto de Habsburgo, heredero de la tradición imperial germánica y austro-húngara. Sin embargo, mientras a éste se le reconoce su innegable rango, al duque de Anjou y de Cádiz se le escamoteó sistemáticamente el suyo, al punto que, hasta en su lápida mortuoria se impidió que figuraran las armas plenas de Francia, su distintivo heráldico.

Zavala aporta también por primera vez datos genealógicos que desbaratan el argumento de morganatismo relativo al matrimonio de los padres de don Alfonso. Con datos precisos nos muestra que su madre doña Emanuela de Dampierre, como esposa del infante don Jaime, era todo menos una advenediza y tenía el mismo rango que la reina Victoria Eugenia, consorte de don Alfonso XIII, nada menos. Así pues, el argumento que en la mente de éste hizo descalificar a su hijo el duque de Segovia y favoreció a don Juan, conde de Barcelona, era por lo menos endeble, tan endeble que el propio rey don Juan Carlos lo ha ignorado a la hora de casar a sus hijos, siendo así que a él lo favoreció (dinásticamente hablando, pues recordemos que nuestro rey fue instaurado y no restaurado).

Capítulo particularmente interesante lo constituye el de la sucesión en la Jefatura del Estado y la presunta rivalidad de los primos Borbones. Era obvio que Franco apreciaba sinceramente al que sería su nieto político y en algún momento lo consideró como una baza útil en el juego sucesorio, pero tenía claro que debía sucederle alguien menos idealista y más pragmático, o sea el hijo del conde de Barcelona. Don Alfonso, por su parte, no descartaba la halagüeña perspectiva de convertirse en rey de España (puesto que daba el perfil requerido por la Ley de 1947) mientras el Caudillo mantuvo la incógnita, pero una vez despejada ésta se sometió deportivamente y accedió a apoyar a su primo.

El Borbón non grato es un libro de amena lectura, ágil (incluso cuando aborda cuestiones especializadas) y, sobre todo, instructivo. Don Alfonso de Borbón, duque de Cádiz y de Anjou ha sido un protagonista de la Historia reciente de España, un protagonista al que se ha pretendido arrinconar y dejar en la sombra, un eterno postergado. En vísperas del vigésimo aniversario de su muerte, José María Zavala ha intentado sacarlo a la luz y creemos que lo ha hecho con bastante acierto. Al menos ha reavivado un debate que hasta ahora se llevaba en plan de cotilleo y lo ha reconducido al plano de la investigación seria, que es en el que debe seguir.

http://altera.net/nueva/libros/borbon.pdf
Fuente: El Manifiesto

sábado, 8 de noviembre de 2008

Felicidades a S.A.R. la duquesa viuda de Anjou, duquesa de Segovia


Hoy cumple 95 años S.A.R. la duquesa viuda de Anjou, duquesa de Segovia. A la mayoría de españoles este título no les dirá nada, pero si decimos que se trata de doña Emanuela de Dampierre la cosa cambia, ya que este nombre les suena por haberse vuelto mediático. Desgraciadamente, en nuestro país no se ama la Historia; se prefiere el cotilleo, pero no el de altos vuelos al estilo de un Saint-Simon, sino el de comadre, el porteril, el que no aporta ni siquiera una lección moralizante.

La figura de Doña Emanuela saltó bruscamente a la actualidad de la prensa rosa en 2004, a raíz de la publicación de un libro de memorias para el que prestó su culta y bien cortada pluma la periodista Begoña Aranguren. Anteriormente se la había entrevisto en muy contadas ocasiones, casi siempre luctuosas: la muerte de su nieto Francisco; la de su hijo mayor don Alfonso, duque de Cádiz; la de su hijo menor, don Gonzalo de Borbón… Hasta la aparición de aquel libro se sabía muy poco en realidad de la elegante y estilizada señora que, tocada con mantilla española, saltó a la palestra en 1972 acompañando a su primogénito como madrina de su matrimonio con Carmencita Martínez-Bordiú, nieta de Franco. El público ya había olvidado la breve relación de sus recuerdos que había publicado Hola en 1991, aprovechando el tirón que aún tenía el trágico final de don Alfonso.

Las Memorias de la “esposa y madre de los Borbones que pudieron reinar en España” causaron revuelo porque en ellas se tocaban muchos temas tabú en un país en el que pesa una extraña ley del silencio sobre todo lo que atañe a la familia real. Y ello fue aprovechado inmediatamente por los profesionales del cotilleo, que tomaron pie en ellas para echar leña al fuego, mediante entrevistas maliciosas en la que era sorprendida la buena fe de una anciana. A doña Emanuela de Dampierre se la acusó de sacar a relucir los trapos sucios de su parentela política, reproche absurdo porque un libro de memorias debe reflejarlo todo si ha de ser tenido por serio. Lo que pasa es que estamos tan acostumbrados a las hagiografías de personajes de la realeza que admitimos esta especie de censura que pesa sobre lo que de ellos se escribe, de modo que sólo pueda expresarse lo que es políticamente correcto.

Hoy en día se clama por la transparencia y la libertad de prensa y, sin embargo, en aspectos como en el que nos ocupa vivimos bajo una sutil pero indudable dictadura. Don Juan Carlos, por ejemplo, no tiene corte, pero está rodeado de cortesanos, aunque éstos no desempeñen cargos áulicos; cortesanos que, por los intereses que sea, pretenden crear una burbuja alrededor de la Corona, cosa tanto más sorprendente cuanto que es el mismo monarca el que ha querido dar siempre una imagen de cercanía y desenfado.

¿O no recuerdan la entrevista filmada que concedió a la periodista Selina Scott y que ofrecía una visión insólita de la vida privada en la Zarzuela? La Casa Real española sucumbió, como las demás dinastías reinantes (con muy pocas excepciones) a la tentación de quebrantar la regla de oro que mantuvo el prestigio de la institución monárquica desde la época en que Luis Felipe I de los Franceses y Victoria I de la Gran Bretaña e Irlanda impusieron la respetabilidad burguesa como ideal: mantener la distancia y el misterio. Claro que antes de la Revolución las cosas eran de otro modo, porque la institución era considerada sagrada, aunque las distintas personas que la encarnaban en cada momento se comportasen de forma más bien profana. Por eso no existía entonces el temor a la transparencia y los memorialistas se sentían con plena libertad para contarlo todo. Baste leer a la Princesa Palatina o al abate de Choisy para convencerse del alto grado de franqueza reinante en la corte del mismísimo Rey Sol.

Pero volvamos a nuestro tema, que es doña Emanuela de Dampierre, consorte que fue del infante don Jaime de Borbón, duque de Segovia y de Anjou, y que, por consiguiente, tuvo en su momento todos los títulos para poder ser considerada reina de España y de Francia de derecho. El propósito de estas líneas es el de divulgar algunos aspectos de su biografía que son menos conocidos en España, pero no por ello menos importantes. El personaje tiene un grandísimo interés ya por sí mismo, pero posee el valor añadido de ser el último testigo que queda de una generación perdida de nuestra Casa Real: la de los hijos de Alfonso XIII.

Incluso si consideramos un entorno más amplio de los Borbones, la duquesa de Segovia es la decana, seguida únicamente por la madre del infante don Carlos, duque de Calabria: la princesa Alicia de Borbón-Parma. Estas dos grandes señoras llevan el peso de una insigne tradición monárquica que, si Dios no lo remedia, podría perderse irremisiblemente por el poco respeto que hacia ella han demostrado los más jóvenes dinastas. Quizás en el caso del príncipe Luis de Borbón, duque de Anjou y de Borbón (en España conocido como Luis Alfonso de Borbón), el riesgo sea menor, dado que parece haber asumido a conciencia y con éxito su posición extraordinaria como primogénito de los Capetos, pero lo cierto es que falta aún en su caso que su esposa le dé un hijo varón.

Una primera cuestión es la referente a los linajes de doña Emanuela de Dampierre. Con motivo de su enlace con el infante don Jaime se habló de “boda morganática”, expresión ésta que ni siquiera corresponde a la verdad, puesto que por ella se entiende el matrimonio contraído entre noble y plebeya o viceversa, lo cual no fue el caso de los duques de Segovia. Podría hablarse de unión desigual en el sentido en que la novia no pertenecía al círculo de la realeza, es decir, a casa soberana o mediatizada, pero esta desigualdad era relativa, puesto que en realidad ambos contrayentes eran nobles. Además, sólo podía entenderse de España, en la cual se asumía por aquel tiempo la vigencia de la Pragmática de 1776, por la que Carlos III reguló los matrimonios para impedir que se repitiera el caso del infante don Luis Antonio de Borbón, ex cardenal que se casó con una dama de la nobleza menor. Cierto es que desde entonces varios miembros de la familia real española fueron apartados de la sucesión en estricta aplicación de esta norma hasta tiempos recientes, en los que el rey don Juan Carlos obró respecto de sus hijos como si ésta no existiera. Hay que decir, por otra parte, que por lo que respecta a Francia, en la tradición de cuya monarquía nunca existió el concepto de morganatismo, doña Emanuela era perfectamente idónea para esposa del hijo de don Alfonso XIII.

Pero hay más: tanto los Dampierre como los Ruspoli, las dos estirpes de las que proviene la duquesa de Segovia, se encontraban censadas en el prestigioso Almanaque de Gotha, la Biblia de la nobleza europea y el elenco oficioso del selecto y restringido grupo de sus grandes familias. Estaba dividido en tres partes: la primera comprendía las casas soberanas reinantes; la segunda, las llamadas familias mediatizadas de Alemania, fueran condales o principescas (es decir, las que habían reinado en el pasado soberanamente sobre algún territorio del Sacro Imperio); la tercera, en fin, las principales familias principescas no alemanas y las familias alemanas no mediatizadas. Los ascendientes tanto paternos como maternos de doña Emanuela figuraban en la tercera sección del Gotha. Pero el detalle interesante es que los Battenberg, es decir, la familia paterna de la reina Victoria Eugenia, consorte de don Alfonso XIII, se encontraban registrados en esa misma sección del estricto almanaque, que hacía autoridad en materia de linaje. Es decir, que los Dampierre, los Ruspoli y los Battenberg eran considerados del mismo rango. Si no hubiera sido porque su tío Eduardo VII salvó las apariencias concediendo a Ena de Battenberg el título de Princesa de la Gran Bretaña e Irlanda con el tratamiento aparejado de Alteza Real (que, en puridad de justicia, no le correspondía), su matrimonio con el Rey de España hubiera debido ser reputado desigual. ¿Por qué, pues, tanta rigidez con la consorte de don Jaime?

Es inexplicable si se considera que doña Emanuela desciende de dos linajes que se pueden considerar de todo menos obscuros. Por mor de brevedad sólo consignaremos unos cuantos datos. Los Dampierre, su familia paterna, eran originarios de la Alta Normandía y la Picardía, remontándose las noticias seguras sobre ellos hasta mediados del siglo XII. Guillermo de Dampierre, primer ancestro conocido de la casa, figuraba, junto con su hermano Gilles, como funcionario real en los Grands Rôles de l’Echiquier du Roy de tiempos de Felipe II Augusto. Sus descendientes emparentaron con las más importantes y poderosas familias de su época y así, entre los antepasados de la duquesa de Segovia se cuentan: condes de Champagne, Borbones (antes de que se convirtieran en Capetos), condes de Flandes, emperadores latinos de Constantinopla, condes de Nevers y duques de Bretaña, entre otros, siendo varios de ellos soberanos. El tatarabuelo Dampierre fue marqués y par de Francia bajo la Restauración y un sostenedor ferviente y decidido de la legitimidad dinástica, acompañando a Carlos X al exilio y socorriendo a la intrépida duquesa de Berry en su desventura. Como se ve, pues, no le viene de nuevo a doña Emanuela su compromiso con la causa legitimista. Su abuelo, el nieto del marqués y par, Richard de Dampierre, fue hecho por León XIII duque pontificio de San Lorenzo por su especial adhesión a la Santa Sede y este título pasó a su padre Roger. En este punto conviene señalar un error muy común en España al referirse a la duquesa de Segovia: se la nombra de modo indebido pero frecuentemente Emanuela Dampierre, escamotándole la partícula “de” que forma parte del apellido e indica la procedencia original de la familia.

Los Ruspoli, el linaje materno, proceden de Florencia. Las primeras informaciones acerca de ellos datan del siglo XIII, en el que aparecen como pertenecientes al partido gibelino (que apoyaba la supremacía del emperador sobre el Papa en Italia), el mismo por el que optó Dante, sólo que al revés de éste, aquéllos acabaron volviéndose güelfos (es decir, apoyando la supremacía papal). Su nobleza está probada por las tumbas gentilicias que poseían en las iglesias florentinas de Santa María Novella y Ognissanti. En el siglo XVII, los Ruspoli se trasladaron a Roma y su última descendiente directa se casó con un Marescotti, perteneciente a una estirpe establecida en Bolonia desde el siglo IX, cuando Mario Scoto, oficial de Carlomagno reclutado en Escocia, fue investido por el papa León III con feudos de la Romaña en premio a haberlo liberado de sus enemigos. Entre sus descendientes se encuentran cardenales, condotieros, gobernadores y hasta una santa: Jacinta de Mariscotis. Los Marescotti-Ruspoli retomaron el apellido Ruspoli como único y emparentaron con los Cesi de Umbría, los Corsini florentinos y los príncipes de Liechtenstein. El abuelo de doña Emanuela fue hecho por el Papa príncipe de Poggio-Suasa. Como se ve, pues, ni por el lado paterno ni por el materno aparece que aquélla haya sido en modo alguno una advenediza, sino todo lo contrario; incluso con mucho mayor rango que otras damas que han llegado a ceñir coronas o que las ceñirán en el futuro.

Otra cuestión interesante es el uso de los títulos de duquesa viuda de Anjou y duquesa de Segovia. Se le suelen objetar por parte de personas que hacen gala de conocimientos dinásticos, pero que en realidad se atreven a pontificar sin saber de lo que hablan. Empecemos por el segundo, el ducado de Segovia. Éste fue concedido por don Alfonso XIII a su hijo don Jaime como compensación por haber renunciado a sus innegables derechos sucesorios en 1933, diez días después de la renuncia de su hermano mayor don Alfonso, ex príncipe de Asturias. Como duque de Segovia fue al altar el infante en 1935 para desposar a Emanuela de Dampierre, a cuya madre, la princesa donna Vittoria Ruspoli, le fue asegurado por el propio ex rey de España, su consuegro, que dicho título también le correspondía a su hija y que, vuelto al trono, le otorgaría, además, el rango de infanta de España con el título de Alteza Real (cosa que, por cierto, no llegó a verificarse).

En todo caso, la consorte de don Jaime fue indiscutiblemente duquesa de Segovia durante todo el tiempo de la convivencia con su esposo. Es más, a pesar del divorcio (pronunciado por un tribunal de Bucarest el 6 de marzo de 1947) y de sendas posteriores uniones civiles de los cónyuges con otras personas, el conde de Barcelona reconocía como duquesa de Segovia sólo a la que llamaba públicamente “Doña Manuela”, en tanto única consorte legítima de su hermano ante Dios y para la Iglesia. Es por esta misma razón por lo que en el acta del matrimonio de su hijo el duque de Cádiz aparece como duquesa de Segovia (y estamos en el año 1972). Charlotte Tiedemann, segunda mujer del infante don Jaime, fue como si no existiera tanto para los Borbones como para el gobierno de Franco, a pesar de que ella misma se considerara duquesa. Don Juan de Borbón se refirió al título de duque de Segovia como algo “inventado” por su padre don Alfonso XIII como aceptación del matrimonio “a todas luces desigual” (sic) de su hermano, pero sin reconocerlo dinástico. Con este argumento se opuso a que doña Emanuela de Dampierre fuera tratada de Alteza Real con ocasión de la famosa boda en El Pardo, en carta al ministro de Justicia de entonces. Sin embargo, el conde de Barcelona desbarraba.

El ducado de Segovia no fue una mera invención de su augusto padre. La Corona en España podía y puede crear títulos tomando los nombres de provincias, ríos u otros accidentes geográficos españoles para otorgarlos a miembros de la Familia Real o de la Familia del Rey. Así, por ejemplo, don Francisco de Asís de Borbón, primogénito del infante don Francisco de Paula, hermano menor de Fernando VII, fue creado por su tío duque de Cádiz, no para rebajarlo de rango sino para dotarlo de un título, y desde luego su matrimonio no fue desigual (casó nada menos que con la propia reina Isabel II, su prima hermana). El segundogénito del mismo infante, don Enrique, fue creado duque de Sevilla en el momento de su nacimiento, mucho antes, por lo tanto, de su matrimonio desigual con Elena de Castellví. Inventados sí lo han sido títulos concedidos en tiempos recientes por S.M. el rey don Juan Carlos I, como los marquesados de Bradomín (inspirado en el título de una novela de Pío Baroja) y de los Jardines de Aranjuez (tomado de la composición homónima mundialmente conocida del maestro Joaquín Rodrigo).

En cuanto a la supuesta “desigualdad” de la unión de los duques de Segovia, ya hemos hablado anteriormente. Lo que sí es cierto es que don Alfonso XIII utilizó el título otorgado a don Jaime para rebajar el rango de los hijos de éste y de doña Emanuela, haciéndolos inscribir en el registro civil con el apellido compuesto Borbón-Segovia y el tratamiento de Excelentísimo Señor, como si se tratara de vástagos de una rama lejana del tronco de los Borbones y no sus más directos descendientes. Es más, hizo cambiar en este sentido la noticia que sobre ellos daba el Gotha y en la que se les reconocía rango dinástico. Y todo por favorecer al tercer hijo, don Juan, en quien el Rey tenía depositadas sus esperanzas. Es claro que los representantes de la rama primogénita (desde la muerte del conde de Covadonga, ex príncipe de Asturias, en 1938) eran parientes muy incómodos.

Más incómodos aún resultaron cuando don Jaime asumió los derechos de la legitimidad francesa, que recaían indiscutiblemente sobre él en estricta aplicación de los principios de la monarquía tradicional, que hacían de él el primogénito de todos los Capetos y, por consiguiente el sucesor nato del trono de San Luis. En esto último desempeñó un importante papel doña Emanuela, que se enteró de manera fortuita de la privilegiada posición dinástica de su esposo y sus hijos. Informada por un devoto legitimista en el curso de un viaje una vez acabada la Segunda Guerra Mundial, la duquesa de Segovia fue la primera en tomar conciencia de la trascendencia dinástica de sus hijos por lo que a Francia concernía. No es casual que poco después de este encuentro providencial, don Jaime tomara el título de cortesía de duque de Anjou (el de Felipe V antes de reinar en España) y nombrara representante suyo en Francia a Jacques de Bauffremont-Courtenay, duque de Bauffremont y príncipe de Marnay (actual presidente del Institut de la Maison de Bourbon, entidad que representa los intereses del legitimismo desde 1973, cuando fue fundada por el barón Hervé Pinoteau, secretario que fue de don Alfonso de Borbón).

Resultaba ahora, pues, que los ninguneados “Borbón-Segovia” eran nada menos que los primeros príncipes de la Casa de Borbón, cuya jefatura recaía en don Jaime y no en su hermano menor don Juan. Conviene recordar que la Casa de Borbón es una sola aunque en diferentes ramas: Borbones de Francia, Borbones de España, Borbones de las Dos Sicilias, Borbones de Parma, Borbones de Luxemburgo, Orleáns y Orleáns-Braganza o del Brasil. Jefe único de la dinastía en todas sus ramas es el primogénito de los primogénitos y, por la época que nos ocupa éste era don Jaime y no don Juan.

Quizás por esto el conde de Barcelona se mostró siempre adverso a los derechos franceses de su hermano mayor. Por esto y por el hecho de su parentesco con los Orleáns a través de su esposa doña María de las Mercedes, nieta del conde de París que pretendió la sucesión del conde de Chambord –contra toda la tradición dinástica francesa– cuando éste murió en 1883. Esta actitud de don Juan ha sido heredada por su hijo don Juan Carlos I, que reconoce las pretensiones orleanistas y nunca ha admitido los derechos de sus primos mayores (y más cercanos), dando por válido el argumento de la renuncia de Felipe V al trono de Francia. Lo curioso, sin embargo, es que por lo que respecta a los derechos a la jefatura de la Casa de las Dos Sicilias y al maestrazgo de la Orden Constantiniana de San Jorge (ligado a aquélla), el Rey reconoce como legítimo depositario de ellos a su primo el infante don Carlos, duque de Calabria, y no al hijo del duque de Castro (que se hace llamar también duque de Calabria), siendo así que el argumento sobre el que este último funda sus pretensiones es idéntico al de los Orleáns (la llamada “renuncia de Cannes”, reputada inválida, tal como lo fue la de Felipe V). No se puede dar mayor inconsecuencia.

No es éste el lugar para ocuparnos de la delicada cuestión dinástica francesa, pero sí hay que decir que, desde el punto de vista del legitimismo, los derechos de la rama mayor de los Borbones son incontestables. Don Jaime, a partir de la muerte de don Alfonso XIII en 1941, fue de derecho el sucesor nato al trono francés, sin que valgan argumentos que no pertenecen a la tradición monárquica gala (vicio de peregrinidad, renuncia, matrimonio morganático, etc.). Esto no quiere decir, dicho sea de paso, que los Orleáns no puedan reclamar su corona, pero la que les corresponde es sólo la de la monarquía de Julio (burguesa, liberal y por la gracia de la carta constitucional de 1831) y no la de la milenaria monarquía capeta (sálica, católica y por la gracia de Dios). Así pues, el título de duque de Anjou llevado por don Jaime y sus sucesores es perfectamente válido y, en consecuencia, doña Emanuela de Dampierre es verdadera duquesa viuda de Anjou, como única consorte legítima de don Jaime desde el punto de vista canónico (y en España, además, también desde el punto de vista civil, pues al divorcio de Bucarest nunca se le dio aquí el exsequatur) y su viuda desde 1975.

Qué duda cabe que en la existencia de toda persona existen luces y sombras. Doña Emanuela de Dampierre no es una excepción a esta regla. Decimos esto porque vamos a abordar el tema delicado del presunto abandono de sus hijos. Como no queremos caer en el mismo defecto que al principio de estas líneas reprochábamos a otros (es decir, el de hacer una hagiografía) no hemos de rehuir la cuestión, pero intentaremos darle una explicación. La duquesa de Segovia se fue desencantando progresivamente de un matrimonio al que había sido llevada siguiendo la antigua costumbre de las grandes familias, que concertaban las uniones de sus vástagos sin contar demasiado con la inclinación de éstos. Habiendo obtenido el divorcio civil en 1947, tanto el duque como la duquesa de Segovia se unieron a otras personas. En 1949, doña Emanuela se casó civilmente con el influyente banquero milanés Antonio Sozzani (fallecido, por cierto, en enero del año pasado, a los 88 años de edad), amigo de Giovanni Agnelli. Como, por su parte, don Jaime se había casado con su bella (la ya citada Charlotte Tiedemann), sus dos hijos fueron internados en un colegio suizo, del que salían para pasar los períodos vacacionales con su augusta abuela la ex reina Victoria Eugenia, que vivía a la sazón en Lausana. No es cierto, sin embargo, que doña Emanuela se desentendiera de ellos. De hecho, con el tiempo y con el roce que hubo, tanto don Alfonso como don Gonzalo concibieron un sincero aprecio hacia el segundo marido de su madre a quien llamaban afectuosamente “tío Tonino”.

Algunos han querido trazar un paralelo entre esta actitud de doña Emanuela y la conducta de la madre de sus nietos, al abandonar a su esposo para irse a París. Las circunstancias no son idénticas, hecha la salvedad de que, después de todo, Carmen Martínez-Bordiú, sean cuales fueran sus motivos, tomó una decisión que, a la larga, resultó beneficiosa para sus hijos, ya que no pudieron quedar en mejores manos que en las de su padre, el duque de Anjou y de Cádiz, que pudo así educarlos en los principios sólidos que profesaba y representaba con gran dignidad. Y en esa educación estuvo presente, por propia voluntad de su hijo, la duquesa de Segovia, a la que su nieto el príncipe Luis de Borbón profesa un gran respeto y cariño, como se ha hecho patente en todos los actos oficiales que el actual duque da Anjou ha presidido desde que asumió sus deberes dinásticos y en los cuales siempre ha tenido al lado a su abuela.

Hoy la duquesa viuda de Anjou, duquesa de Segovia, vive tranquilamente en uno de esos palacios gentilicios romanos, cargados de Historia y de Arte, que tanto han fascinado a los viajeros de todos los tiempos y forman parte del encanto de la Ciudad Eterna, generoso asilo de aquellos con quienes fue adversa la fortuna. No lejos de su morada se halla el Palazzo Aste-Bonaparte, que rememora a otra madre sobreviviente a un destino implacable y con la cual muy bien podría hermanarse: Letizia Ramolino, madre de los napoléonidas. A sus noventa y cinco años, quizás haya momentos en los que doña Emanuela de Dampierre evoque, como otra Hécuba, el doloroso recuerdo de los hijos y el nieto que le fueron arrebatados, pero a diferencia de la reina troyana, le queda la esperanza cristiana, que le da esa serenidad que la distingue, y también la promesa representada por su augusto nieto. No queremos terminar estas líneas sin formular, en este aniversario tan especial, nuestros mejores votos a la que ha sido y es una gran señora.

Rodolfo Vargas Rubio

Fuente: El Manifiesto
8.XI.2008
http://www.elmanifiesto.com/